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Traer al Estado de vuelta

Foto del escritor: Juan Camilo Puentes
Juan Camilo Puentes
9 ago
3 min de lectura

En 1985 Theda Skocpol publicó un famoso e influyente libro que transformó la manera en la que se estudiaba la política. Uno de sus principales aportes fue traer al Estado de vuelta (Bringing the State Back In) en las discusiones de las ciencias sociales (concretamente la sociología y la ciencia política) dando lugar a una nueva perspectiva de análisis: el neoinstitucionalismo.  Para Skocpol, el Estado no se reduce simplemente a ser el reflejo de las clases sociales o económicas, por el contrario, es un actor que goza de capacidad y autonomía para construir su propia personalidad y, por ende, para fijar sus propios intereses y objetivos. Así, el Estado no es el resultado de «algo» en particular, es en sí mismo el origen de estructuras, instituciones, reglas, hábitos, etc., que definen una forma de ser y estar en sociedad.


En el mundo contemporáneo, gracias a la influencia del liberalismo clásico, el neoliberalismo y el libertarianismo, se ha puesto en tela de juicio el protagonismo que debe tener el Estado. Para estas corrientes de pensamiento es necesario reducir su tamaño a «justas proporciones» y endilgarle facultades que únicamente favorezcan la seguridad, la propiedad privada y la libertad de los ciudadanos. Lo anterior, bajo el supuesto de que toda intervención del Estado resulta indeseable por, al menos, tres razones: i) promueve el surgimiento de regímenes totalitarios lo que termina anulando las libertades ciudadanas; ii) limita la creación de riqueza y, con ello, el desarrollo económico de los ciudadanos y del mismo Estado; y iii) suprime el mérito de los ciudadanos acostumbrándolos a recibir prebendas estatales en vez de buscarlas por su propio esfuerzo.


Es cierto que la intervención estatal desmedida ha producido a lo largo de la historia gobiernos autocráticos.  Sin embargo, los Estados contemporáneos han diseñado límites constitucionales a los poderes públicos, incluso, a las mayorías ciudadanas, con el fin de evitar la concentración y el abuso desmedido en el ejercicio del poder. De esta forma, la intervención del Estado se ha convertido en el primer contrapeso efectivo para evitar el colapso democrático: son las mismas instituciones del Estado republicano (y no las instituciones económicas) las que, de manera independiente y operativa, garantizan la estabilidad de una nación. No en vano, por ejemplo, los países con mejores índices de consolidación democrática como Noruega, Suecia o Dinamarca, son al tiempo países en donde el Estado ocupa un rol preponderante, sus instituciones son fuertes, transparentes e independientes, y su nivel de asistencialismo social es alto.


También es cierto, o al menos parcialmente, que la intervención del Estado en la economía genera ineficiencia. Pero hay una buena justificación para ello. En un modelo de bienestar, la prioridad del Estado no es únicamente el desarrollo económico. Existen otros criterios de riqueza que involucran lo social, lo cultural, lo ambiental, lo familiar o, inclusive, lo personal. Desde hace algún tiempo se viene desarrollando la idea del «Estado de bienestar extensivo», un modelo que va más allá del Estado de bienestar clásico y que propende por garantizar la felicidad de sus ciudadanos. Y lo hace, porque reconoce que el desarrollo económico por sí solo, como diría Easterlin, después de la satisfacción de unos medios básicos de subsistencia, resulta insuficiente para garantizar de manera real el bienestar individual y colectivo.


En tercer lugar, no es menos cierto que un exceso de intervencionismo puede generar un efecto nocivo en la sociedad. De ahí, la importancia de saber qué se interviene y cómo se hace. No obstante, la justificación en términos sociales se hace a partir de la desigualdad. En el modelo liberal clásico, los ciudadanos deben esforzarse por conseguir sus propias prestaciones. En el modelo de bienestar, en cambio, se reconoce que no todos parten del mismo lugar y que el esfuerzo de algunos, en muchas ocasiones, no es suficiente para salir de la pobreza, tener un salario justo o tener acceso a una vivienda digna. El Estado interviene, por consiguiente, porque hay desigualdades estructurales que no permiten que el mérito o el esfuerzo, sean la única condición para alcanzar el progreso.


De cualquier modo, en tiempos hipermodernos pululan los problemas complejos: la fragmentación de las democracias, el auge de los populismos, el estancamiento económico, la crisis medioambiental, entre muchos otros. En medio de todo ello, algunos han propuesto una fórmula mágica, sugestiva, pero extremadamente peligrosa: reducir los Estados a su mínima expresión. Allí es cuando el legado de Skocpol resurge con fuerza. No se trata de una simple contribución epistemológica dentro de las ciencias sociales; se trata, en definitiva, de una invitación para traer al Estado de vuelta y ponerlo en donde se merece: en el epicentro de los debates políticos contemporáneos.

 

Recomendado de fin de semana: además de la obra de Skocpol, recomiendo uno de los textos neurálgicos para comprender la naturaleza del Estado de bienestar. Del profesor Gøsta Esping-Andersen, el ya clásico Los tres mundos del Estado de bienestar.

 
 
 

1 comentario


Alexander Rodríguez-Bustamante
Alexander Rodríguez-Bustamante
10 ago

Gracias Juan por este valioso aporte académico.

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