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¿Por qué la democracia?

  • Foto del escritor: Juan Camilo Puentes
    Juan Camilo Puentes
  • hace 2 días
  • 3 Min. de lectura

En redes sociales suele mencionarse el suceso del avión: imagínese que estamos en mitad de un vuelo y, de repente, el piloto se desmaya. ¿Quién debería reemplazarlo? ¿El pasajero que coincidencialmente es un piloto experimentado y con gran trayectoria? ¿La pasajera que tiene nervios de acero y no pierde la cordura ante ninguna dificultad? ¿O quizás el pasajero que, gracias a sus habilidades telemáticas, puede comunicarse fácilmente con la torre de control? Como no logran ponerse de acuerdo, todos los pasajeros deciden realizar una votación para elegir al nuevo piloto. ¿Usted a quién elegiría?


Cuando pensamos en la premura de la decisión, todos votaríamos por el piloto sin excepción alguna. Pero el ejercicio no termina allí. Acto seguido, se suele preguntar: ¿y si el avión fuera Colombia, usted por quién votaría? ¿Por una persona experimentada? ¿Por el que tenga mayor conocimiento? ¿Por la que tenga mejor inteligencia emocional? ¿Por el más hábil? ¿Por la más honesta? En otras palabras, ¿qué requisitos debería cumplir un gobernante para que un avión (en este caso el Estado) no sucumba en pleno vuelo? Esta última pregunta, a diferencia de la del ejemplo, no resulta tan fácil de responder.


Platón, el filósofo ateniense, lo intentó. Hace más de dos milenios expresó en uno de sus famosos diálogos, La República, que los mejores gobernantes eran, precisamente, los filósofos. En el ideal platónico, la sociedad se encuentra divida en clases sociales. En lo más alto de la pirámide social, en la clase de oro, se encuentran los filósofos. Estos, etimológicamente hablando, son aquellos que cultivan el amor por la sabiduría y saben cómo alcanzar el bien común. A diferencia del resto de la población, por ejemplo, de los guerreros que se dedican a defender al Estado, o de los artesanos que se dedican a comerciar sus productos, sus decisiones son justas, prudentes y sabias. De allí, que Platón pusiera la aristocracia (el gobierno de los mejores), por encima de otras formas de gobierno como la timocracia, la tiranía, la oligarquía o, incluso, la democracia.


Y, en parte, tiene algo de razón. Siempre es preferible ser gobernados por los mejores a ser gobernados por la multitud que, casi siempre, es un cuerpo visceral, iletrado y egoísta. Así las cosas, ¿para qué arriesgarnos en darle el poder al pueblo? ¿Podemos confiar abiertamente en que, en su conjunto, los ciudadanos siempre tomarán buenas decisiones? ¿Acaso, no sería mejor que los hombres y mujeres más destacados, preparados y capaces gobiernen un Estado? A lo largo de la historia la aristocracia se ha vendido mejor que la democracia. El problema es que todos los criterios para definir al «buen gobernante» (la riqueza, el linaje, la fuerza, el legado divino, etc.) suelen terminar en gobiernos inestables, corruptos, personalistas o, incluso, dictatoriales.


Churchill decía que la democracia es la peor forma de gobierno excluidas todas las demás. Eso significa que todavía no hemos inventado (o por lo menos no hemos puesto en práctica) un régimen político que sea plenamente admirable, justo y operativo. Es evidente la profunda crisis por la que atraviesan los sistemas democráticos contemporáneos. La concentración del poder político, el desconocimiento de derechos fundamentales, la limitación de la participación ciudadana, la corrupción malsana que saquea el erario, o más preocupante aún, el surgimiento de regímenes autoritarios alrededor del mundo, son pan de cada día. No obstante, quizás idílicamente, la democracia también diseña alternativas para corregir sus propios errores y construir mejores gobiernos.


Una de sus fórmulas mágicas, justamente, es el pueblo. La responsabilidad de los buenos o de los malos gobiernos no recae en los gobernantes, sino, en los mismos ciudadanos. De estos últimos depende todo: participar positivamente en procesos electorales y no electorales, elegir a los candidatos de manera racional (al menos intentarlo), utilizar los diversos mecanismos de participación ciudadana, solicitar la rendición de cuentas a sus representantes, etc. En definitiva, la democracia no obliga a elegir a los mejores. Puede fallar. Pero el sistema se lava las manos con los ciudadanos, responsabilizándolos de sus propias fallas. Por ello, en vez de preguntar por quién votaríamos, deberíamos cuestionar si somos ciudadanos dispuestos a indagar, pensar, argumentar, debatir, criticar, consensuar y, más importante, elegir bien. Así aseguraríamos buenos pilotos de aviones y, por supuesto, de Estados.


Recomendado de fin de semana: la literatura democrática es vasta; en lo personal, me gustan dos textos clásicos a los que suelo volver constantemente: La democracia de R. Dahl, traducida al español por Fernando Vallespín, y El futuro de la democracia de N. Bobbio editada por el FCE.

 
 
 

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