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La libertad guiando al pueblo
Juan Camilo Puentes
hace 13 horas
3 min de lectura
Las democracias poseen procedimientos legítimos para canalizar las demandas ciudadanas. Un ejemplo clásico sería los mecanismos de participación electorales en donde los ciudadanos eligen directamente a sus representantes de acuerdo con sus intereses, deseos y expectativas. Otro, sería los mecanismos de participación no electorales en donde los ciudadanos se reúnen, deliberan, participan y, de alguna forma, inciden en el proceso de toma de decisiones (decision-making process). Sin embargo, es posible que estos mecanismos, que se encuentran ajustados a la constitución y a las leyes, sean insuficientes para tramitar los diversos reclamos de la ciudadanía.
Y esto es así porque, en ocasiones, al gobierno de turno no le interesa escuchar, ni comprender, ni mucho menos tramitar dichas demandas; o porque las mismas instituciones participativas están diseñadas para favorecer los intereses de algunos pocos excluyendo, incluso, los de la mayoría; o, sencillamente, porque los reclamos obedecen a problemas estructurales que difícilmente se solucionarían con un cambio normativo o la implementación de una política pública. Ante esta coyuntura, la ciudadanía, frustrada ante el bloqueo de sus peticiones, puede apelar como ultima ratio a un recurso igual de legítimo: la movilización social.
Por estos días, Francia (con ecos en Portugal e Italia) ha experimentado una ola de protestas ciudadanas protagonizadas, en principio, por estudiantes y pensionados ante el elevado costo de vida, el difícil acceso a la vivienda y el deterioro de los servicios públicos. Estas protestas, que comenzaron siendo pacíficas, han derivado en saqueos de tiendas, bloqueos de calles e incendios de edificios públicos como el Ayuntamiento de Limoges. Muchos han cuestionado que en una democracia consolidada como la francesa existen canales idóneos para que el descontento social se tramite pacíficamente y no a través de vías de hecho. Y tienen razón. No obstante, también es cierto que la violencia, en ocasiones, es un recurso legítimo para la transformación social y la conquista de derechos.
Francia, particularmente, ha sido un testigo protagónico. En 1789 tuvo lugar la mítica Revolución francesa que se originó ante el descontento del pueblo francés por la carestía de alimentos, el déficit fiscal de la corte de Luis XVI y el ascenso de la burguesía. En 1830 se dio la Revolución de Julio como reacción al deseo de Carlos X, hermano de Luis XVIII, de restablecer la monarquía absoluta cuando disolvió la Cámara de Diputados, restringió el sufragio y limitó la libertad de prensa. En 1848 ocurrió la Primavera de los Pueblos, una revolución, o mejor, una serie de revoluciones que se extendieron por gran parte de Europa debido, nuevamente, a la carestía de alimentos, la crisis económica, pero, sobre todo, a la animadversión hacia el absolutismo. Y en 1968 se produjo el Mayo francés, que más que una revolución, fue una protesta social que exteriorizó el descontento de estudiantes y trabajadores frente a la sociedad de consumo, el capitalismo y el imperialismo.
Podríamos decir que estos acontecimientos son aislados y que, en efecto, no tienen nada que ver con nuestra vida cotidiana. Pero lo cierto es que fueron, directa o indirectamente, episodios que contribuyeron a la construcción de los sistemas políticos contemporáneos, cimentados, como dirían los franceses, en la libertad, la igualdad y la fraternidad. El republicanismo de nuestras instituciones, el sistema de pesos y contrapesos, el reconocimiento de derechos y libertades civiles, la consolidación del sufragio universal o la sujeción de los ciudadanos al imperio de la ley, son solo algunas de sus consecuencias.
Como demócrata, soy fiel creyente de los postulados del Estado de derecho, la justicia social y la democracia constitucional. Siempre es preferible resolver las diferencias ciudadanas a partir de los procedimientos democráticos. Pero ello no me impide reconocer, al menos desde un enfoque teórico e histórico, la importancia de la violencia como un motor legítimo de transformación social. No en vano, las grandes conquistas de la humanidad han sido posibles gracias a la sangre y al fuego. Francia no es la excepción. Su legado político, que se extiende por el mundo entero, nos recuerda que el descontento colectivo puede conducir a mejores formas de organización social. O como diría Delacroix alegóricamente, ante un mundo de injusticias, opresión y terror, «la libertad guiará al pueblo».
Recomendado de fin de semana: un clásico de la literatura, un cliché de la novela, un imperdible de todo lector, Los miserables de Víctor Hugo, cuyo escenario de fondo es, precisamente, la Revolución de Julio.
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